Bukele lleva la ofensiva contra las pandillas hasta Haití
Haití fue una nación que derrotó al imperio francés, pagó durante generaciones por su libertad y terminó atrapada entre la pobreza, la inestabilidad política y el poder de las organizaciones criminales. Ahora, la participación militar de El Salvador abre un nuevo capítulo en la crisis haitiana.
Hay países cuya historia parece escrita por una sucesión de paradojas. Haití es uno de ellos. Fue el escenario de una de las revoluciones más extraordinarias de la historia moderna: una población esclavizada se levantó contra sus amos, derrotó a las fuerzas coloniales francesas y proclamó su independencia en 1804. Sin embargo, más de dos siglos después, aquella nación que desafió a los imperios se encuentra sumida en una profunda crisis institucional, económica y de seguridad.
La pregunta es inevitable: ¿cómo pasó Haití de convertirse en símbolo mundial de libertad a ser un Estado donde las organizaciones criminales disputan el control del territorio?
Y ahora, cuando su propia institucionalidad parece incapaz de recuperar el orden, aparece un nuevo protagonista en el escenario: El Salvador de Nayib Bukele.
- Una revolución que cambió la historia del mundo
- La libertad tuvo un precio: la deuda impuesta por Francia
- Dictaduras, intervenciones y una institucionalidad debilitada
- El asesinato de un presidente y el avance de las pandillas
- Haití: un país sin presidente electo y con un Estado debilitado
- El Salvador entra en el escenario haitiano
- La pregunta geopolítica: ¿quién debe salvar a Haití?
Una revolución que cambió la historia del mundo
Para entender la tragedia haitiana es necesario regresar al siglo XVIII. En aquel entonces, Haití era conocida como Saint-Domingue y constituía una de las colonias más rentables de Francia. Sus plantaciones de azúcar, café y otros productos agrícolas generaban enormes riquezas para la metrópoli europea.
Esa prosperidad tenía un costo humano devastador: miles de africanos eran trasladados por la fuerza al Caribe y sometidos a condiciones brutales de esclavitud.
En 1791 comenzó una insurrección que terminaría transformando el orden colonial. Los esclavizados se levantaron contra el sistema que los mantenía sometidos y, bajo el liderazgo de figuras como Toussaint Louverture y posteriormente Jean-Jacques Dessalines, organizaron una revolución militar y política.
Francia intentó recuperar el control de la colonia. Incluso Napoleón Bonaparte envió una poderosa expedición militar para restablecer su dominio. Pero la resistencia haitiana consiguió derrotar a las tropas francesas.
El 1 de enero de 1804, Haití proclamó su independencia. Se convirtió en la primera república negra independiente y en el primer Estado moderno nacido de una revolución de esclavizados que logró abolir definitivamente ese sistema en su territorio.
Era una victoria histórica, pero también una amenaza para las potencias coloniales y esclavistas de la época.
La libertad tuvo un precio: la deuda impuesta por Francia
La independencia no significó que Haití pudiera construir su futuro sin interferencias externas.
Francia se negó durante años a reconocer plenamente la soberanía haitiana. Finalmente, en 1825, bajo la amenaza de una flota de guerra francesa, el país aceptó pagar una indemnización de 150 millones de francos oro a antiguos propietarios coloniales, como compensación por las propiedades perdidas durante la revolución, incluidos los antiguos esclavizados.
En otras palabras, quienes habían conquistado su libertad tuvieron que endeudarse para que su antiguo colonizador reconociera esa libertad.
La carga era desproporcionada para una nación que apenas comenzaba a organizarse. Haití tuvo que recurrir a préstamos de bancos franceses para cumplir con los pagos, generando una doble deuda: la indemnización y los créditos utilizados para financiarla.
La cifra inicial fue renegociada en 1838 y reducida a 90 millones de francos. Aunque la indemnización terminó de pagarse en 1880, los créditos asociados continuaron generando obligaciones financieras durante décadas. La deuda hipotecó buena parte de las posibilidades económicas de la joven república. ¿ tal vez hubiera sido mejor continuar bajo el dominio del imperio frances?
Dictaduras, intervenciones y una institucionalidad debilitada
La deuda no explica por sí sola el deterioro de Haití. Su historia también estuvo marcada por conflictos internos, gobiernos autoritarios, golpes de Estado, corrupción e intervenciones extranjeras.
En 1915, Estados Unidos ocupó militarmente el país y mantuvo el control hasta 1934. Durante ese periodo ejerció una influencia determinante sobre sus finanzas y sus instituciones.
Décadas después, Haití cayó bajo la dictadura de François Duvalier, quien llegó al poder en 1957. Tras su muerte, su hijo Jean-Claude Duvalier, conocido como Baby Doc, continuó el régimen hasta 1986.
Ambos gobiernos estuvieron asociados con represión política, persecución de opositores, violaciones de derechos humanos y corrupción.
La salida de los Duvalier no significó el comienzo de una estabilidad duradera. Los gobiernos posteriores enfrentaron golpes de Estado, crisis económicas y profundas disputas por el poder.
A esto se sumaron desastres naturales devastadores. En enero de 2010, un terremoto de magnitud 7,0 destruyó buena parte de la infraestructura de Puerto Príncipe y dejó una enorme tragedia humanitaria.
En lugar de consolidarse, las instituciones haitianas continuaron debilitándose.
El asesinato de un presidente y el avance de las pandillas
El 7 de julio de 2021, el presidente Jovenel Moïse fue asesinado en su residencia. Su muerte profundizó el vacío político y abrió una nueva etapa de inestabilidad.
Con un Estado debilitado, una Policía Nacional con recursos insuficientes y una clase política enfrentada, las organizaciones criminales comenzaron a ampliar su influencia.
Las pandillas dejaron de ser simples estructuras delictivas locales. Algunas se organizaron en coaliciones, establecieron redes de financiación y extendieron su dominio sobre barrios, carreteras, puertos y sectores estratégicos.
Entre las figuras más conocidas apareció Jimmy Chérizier, alias Barbecue, antiguo policía y uno de los principales rostros de la coalición Viv Ansanm.
Estas organizaciones han sido señaladas por secuestros, extorsiones, asesinatos, violencia sexual, tráfico de armas y ataques contra la población civil.
En marzo de 2024, una ofensiva de grupos armados contra instalaciones estratégicas, incluida la infraestructura penitenciaria y el aeropuerto internacional, evidenció la magnitud del problema.
La violencia contribuyó a la salida del primer ministro Ariel Henry y a la creación de un Consejo Presidencial de Transición en 2024.
Pero la transición no consiguió recuperar el control del territorio.
Haití: un país sin presidente electo y con un Estado debilitado
La crisis política llegó a un nuevo punto en febrero de 2026, cuando se disolvió el Consejo Presidencial de Transición y el primer ministro Alix Didier Fils-Aimé asumió la autoridad ejecutiva.
Esto no significó el regreso a la normalidad democrática. Haití continuó sin un presidente elegido por voto popular y sin un Parlamento plenamente operativo.
La inseguridad también se extendió más allá de Puerto Príncipe. Las organizaciones criminales controlan sectores estratégicos de la capital y mantienen presencia en otras regiones.
Las consecuencias recaen principalmente sobre la población: desplazamientos masivos, dificultades para acceder a alimentos, interrupción de servicios esenciales y comunidades atrapadas entre las organizaciones armadas y las operaciones de seguridad.
La crisis haitiana dejó de ser exclusivamente un problema de orden público. Se convirtió en una emergencia humanitaria, política y de seguridad regional.
El Salvador entra en el escenario haitiano
Durante los últimos años, Nayib Bukele convirtió la lucha contra las pandillas en uno de los principales ejes de su gobierno en El Salvador. Su estrategia de seguridad, basada en un régimen de excepción, detenciones masivas y operaciones contra estructuras criminales, ha sido objeto de respaldo de sectores de la población y de fuertes cuestionamientos de organizaciones de derechos humanos por denuncias de detenciones arbitrarias y abusos.
El modelo salvadoreño se convirtió en una referencia internacional dentro del debate sobre cómo enfrentar organizaciones criminales que desafían la autoridad del Estado.
Pero Haití presenta un escenario mucho más complejo. No se trata únicamente de pandillas que operan en determinados barrios: existen organizaciones armadas con capacidad de controlar infraestructura, disputar corredores comerciales y ejercer influencia sobre la política nacional.
La participación salvadoreña comenzó a adquirir una dimensión concreta en el marco de la misión internacional de seguridad. La Fuerza de Supresión de Pandillas (GSF), respaldada por Naciones Unidas, fue creada para fortalecer la respuesta contra estas organizaciones.
El 30 de octubre de 2026, el medio internacional The New Humanitarian informó que El Salvador había desplegado más de 2.000 efectivos en Haití, después de que cuatro técnicos aeronáuticos salvadoreños vinculados a la misión desaparecieran tras una emboscada ocurrida el 18 de octubre.
El despliegue generó preguntas sobre el alcance de la intervención, la cadena de mando, su financiación y la coordinación con las autoridades haitianas.
Bukele, por su parte, rechazó que la operación constituyera una invasión. El primer ministro haitiano, Alix Didier Fils-Aimé, anunció una mayor coordinación bilateral.
Así, El Salvador pasó a ocupar un lugar central en una operación de seguridad que ya no puede entenderse solamente como una misión policial internacional.
La pregunta geopolítica: ¿quién debe salvar a Haití?
La participación de El Salvador plantea interrogantes que van mucho más allá de una operación militar contra las pandillas.
¿Puede un país extranjero contribuir a recuperar la seguridad de una nación cuya institucionalidad está profundamente debilitada? ¿Qué ocurre cuando la lucha contra las organizaciones criminales requiere una presencia militar internacional cada vez mayor?
La seguridad es indispensable, pero no puede convertirse en el único objetivo. Sin instituciones legítimas, justicia independiente, oportunidades económicas y control de la corrupción, las organizaciones criminales pueden volver a ocupar los espacios que deja el Estado.
En 1804, Haití demostró que podía derrotar a un imperio para conquistar su libertad. En 2026, la pregunta es si podrá recuperar esa libertad sin perder nuevamente el control de su propio destino.
Si quieres conocer otros artículos parecidos puedes visitar la sección Enviar al Boletín.