Los caminos que me llevaron a Córdoba Colombia: historias de un viaje

Índice

Córdoba Colombia: el viaje comenzó junto al río

Llegué a Córdoba Colombia con la idea de conocer un departamento del que había escuchado hablar por sus paisajes, su gastronomía y sus tradiciones, pero pronto entendí que un territorio no se conoce únicamente recorriendo sus calles. Se conoce cuando uno se detiene a mirar, a escuchar y, sobre todo, a conversar con quienes lo habitan. Mi viaje comenzó en Montería, la capital cordobesa, y desde allí emprendí un recorrido que me llevaría por ríos, ciénagas, pueblos, caminos rurales y comunidades indígenas. Sin saberlo, cada parada iba a mostrarme una versión diferente de Córdoba.

Mi primer encuentro fue con Montería y con el río Sinú, una presencia que parece acompañar la vida de la ciudad. Caminé por la Ronda del Sinú, reconocida por la Alcaldía como el parque lineal más largo de Latinoamérica. Más que un espacio para caminar, descubrí allí una especie de frontera entre la ciudad y la naturaleza.

Mientras avanzaba, aparecieron ardillas entre los árboles, iguanas tomando el sol y numerosas aves que parecían no preocuparse demasiado por la presencia de los visitantes. Aquello me sorprendió. Yo esperaba encontrar una ciudad y terminé encontrando un bosque atravesando la ciudad.

La Ronda tiene justamente esa particularidad: sus árboles y zonas verdes sirven como refugio para diferentes especies. La propia Alcaldía destaca la presencia de ardillas, iguanas, aves y otros animales en este espacio.

Pero Montería también me mostró otra cara. Después de caminar junto al río, conocí sectores donde la ciudad se transforma: restaurantes sofisticados, construcciones modernas y espacios que hablan de una Montería próspera y en crecimiento. Era curioso pasar en pocos minutos de observar una iguana escondida entre los árboles a encontrar restaurantes de alto nivel llenos de personas.

Y entonces apareció otro protagonista del viaje: la comida.

Visité varios restaurantes y descubrí que la gastronomía monteriana tiene una personalidad difícil de explicar con una sola palabra. Había algo especial en sus sabores, quizás relacionado con la utilización de ingredientes propios de la región y con esa manera caribeña de convertir una comida cotidiana en una experiencia para compartir. Comprendí que la gastronomía también es una forma de contar la historia de un territorio: lo que una comunidad cultiva, pesca, cocina y lleva a la mesa habla de su relación con la tierra.

Córdoba Colombia: un sombrero que cuenta una historia

En Montería también me encontré con uno de los símbolos que más rápidamente asociamos con Colombia: el sombrero vueltiao.

Hasta entonces lo había visto muchas veces en fotografías, celebraciones y partidos de fútbol, pero verlo como parte de la historia cultural de Córdoba fue diferente. Comprendí que no era simplemente un accesorio. Detrás de sus fibras y sus vueltas hay una tradición artesanal profundamente relacionada con la cultura Zenú.

El sombrero se convirtió además en una imagen reconocible de Colombia ante el mundo. Uno de los momentos que contribuyó enormemente a su difusión internacional ocurrió el 9 de agosto de 1985, cuando el boxeador monteriano Miguel “Happy” Lora conquistó el título mundial de peso gallo y apareció con el sombrero vueltiao durante la celebración.

Desde entonces, aquella pieza artesanal empezó a aparecer cada vez con mayor fuerza en escenarios nacionales e internacionales. Los músicos de la tradición de gaitas y otros artistas de la Costa Caribe también ayudaron a convertirlo en parte del imaginario cultural de la región.

Hoy no es extraño verlo en las tribunas cuando juega la Selección Colombia. El sombrero pasó de ser una pieza utilizada en contextos tradicionales a convertirse en una imagen que muchos colombianos reconocen como propia.

Pero durante el viaje entendí algo más importante: cuando un símbolo cultural llega al mundo, existe el riesgo de que solo recordemos su imagen y olvidemos las manos que lo hacen.

Los caminos que me llevaron a Córdoba Colombia: una memoria construida a mano

En mi recorrido también conocí el Pueblito Cordobés, un espacio que reúne réplicas y representaciones de elementos arquitectónicos y culturales del departamento. Sus construcciones permiten acercarse, en un solo lugar, a parte de esa diversidad que caracteriza a Córdoba.

Sin embargo, mientras observaba aquellas edificaciones, pensaba que la verdadera memoria de un territorio no siempre está en los edificios. Muchas veces está en las manos.

Por eso el siguiente destino tenía un significado especial.

Llegué a Ayapel, un municipio que muchas personas han escuchado nombrar, pero que todavía resulta desconocido para buena parte de quienes viven fuera de Córdoba. Allí navegué por la ciénaga de Ayapel, un enorme sistema de humedales que fue declarado sitio Ramsar, es decir, humedal de importancia internacional, en 2018. El complejo designado comprende aproximadamente 54.376 hectáreas.

Desde la embarcación, el paisaje parecía no terminar nunca.

El agua se extendía frente a nosotros mientras alrededor aparecían grandes construcciones y chalets. La escena tenía una contradicción que me hizo pensar: por un lado, un ecosistema de enorme importancia ambiental; por otro, muestras visibles de una vida económica que parece querer acercarse cada vez más a sus orillas.

La naturaleza estaba allí, inmensa y silenciosa, recordándonos que antes de que llegaran las construcciones, el agua ya tenía su propia historia.

El Cedro: cuando una palma se convierte en esperanza

El camino continuó hasta El Cedro, un corregimiento de Ayapel donde conocí el trabajo artesanal realizado con palma de seje.

Allí aprendí que una artesanía puede comenzar mucho antes de llegar a una tienda. Comienza en el territorio, en la recolección de la materia prima, en el conocimiento transmitido entre generaciones y en las horas que una persona dedica a transformar una fibra en un objeto.

La palma de seje se ha convertido en una importante expresión artesanal de El Cedro. Organizaciones locales han trabajado durante años en el fortalecimiento de esta actividad y existen artesanos que producen canastos, lámparas y otras piezas con esta fibra.

Lo que más me impactó, sin embargo, no fue solamente la belleza de las artesanías. Fue la contradicción que encontré.

Las piezas tienen acogida en mercados nacionales y pueden alcanzar espacios comerciales fuera de la región, mientras que el lugar donde son producidas enfrenta dificultades de acceso e infraestructura. El Cedro es un ejemplo de una realidad que se repitió varias veces durante mi viaje: comunidades que poseen conocimientos valiosos y recursos naturales extraordinarios, pero que todavía viven con muchas carencias.

Entonces comprendí que hablar de turismo no debería significar únicamente hablar de lugares bonitos.

También significa preguntarse quiénes viven allí, cómo viven y qué oportunidades reciben.

Una artesanía puede convertirse en una pieza decorativa para una casa elegante en una gran ciudad, pero detrás de ella hay una familia, una comunidad y un territorio.

Córdoba Colombia: los caminos hacia Tierralta

Después de Ayapel y El Cedro, el viaje continuó hacia Tierralta. El paisaje comenzó a cambiar y con él también cambió mi manera de entender el departamento.

Allí tuve uno de los encuentros más importantes de todo el recorrido: conocí una comunidad Embera Katío.

La experiencia comenzó con algo tan sencillo y poderoso como compartir una comida. Me recibieron, me permitieron acercarme a sus costumbres y me mostraron parte de una cultura que no puede comprenderse únicamente a través de libros o fotografías.

Después nos dirigimos hacia la cascada Tuis Tuis. El agua, la montaña y el bosque construían un paisaje completamente diferente al que había encontrado en Montería. Era como si en un mismo departamento estuvieran reunidos varios mundos.

Pero el momento que más recuerdo ocurrió lejos de cualquier atractivo turístico.

Una pequeña niña Embera me enseñó a tejer manillas.

Sus manos se movían con una seguridad que yo no tenía. Mientras intentaba seguir sus instrucciones, pensé en todo lo que puede contener una actividad aparentemente sencilla. Una manilla no es solamente un objeto. Puede ser memoria, identidad, aprendizaje y continuidad.

Después llegó otro momento que no esperaba: me pintaron el cuerpo con símbolos propios de su cultura. Los trazos representaban caminos y montañas. Mientras la pintura se dibujaba sobre mi piel, sentí que el significado del viaje comenzaba a cerrarse.

Yo había pasado días recorriendo caminos.

Ellos dibujaban caminos sobre mi cuerpo.

La coincidencia me pareció imposible de ignorar.

Los caminos que me llevaron a Córdoba Colombia: lo que realmente encontré

La comunidad también realizó algunas danzas tradicionales. Allí, rodeado de personas que compartían conmigo una parte de su cultura, comprendí que el viaje había dejado de ser solamente mío.

Había comenzado buscando paisajes y terminé encontrando historias.

Había salido a conocer gastronomía y terminé entendiendo que la comida también habla de la tierra.

Había admirado artesanías y terminé pensando en las manos que las hacen.

Había llegado buscando cultura y terminé descubriendo que la cultura no está encerrada en un museo: camina, cocina, canta, teje, danza y se transmite de una persona a otra.

Eso fue, quizás, lo más importante que me dejó Córdoba Colombia.

El departamento me mostró sus contrastes sin necesidad de explicarlos. En Montería encontré una ciudad moderna que crece alrededor del río; en Ayapel, un enorme ecosistema que sostiene una vida propia; en El Cedro, artesanos que convierten una palma en una oportunidad; y en Tierralta, comunidades indígenas que conservan saberes que han sobrevivido al paso del tiempo.

Al final comprendí que viajar no siempre consiste en llegar más lejos. A veces consiste en mirar más profundamente.

y, de alguna manera, también preguntarse algo sobre Colombia.

¿Qué tanto conocemos realmente nuestro propio país?

Quizás conocemos sus ciudades, sus playas, sus monumentos y sus nombres más famosos. Pero todavía nos falta caminar por sus caminos menos transitados.

Cuando regresé a Bogotá, entendí que Córdoba no se había quedado atrás. Que después de recorrer sus caminos, Córdoba Colombia dejó de ser para mí simplemente un lugar en el mapa.

Se convirtió en una historia que todavía sigo contando.

Pablo Trujillo

Periodista de viajes y Documentalista

Subir